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Maíz para los Tarahumara en Batopilas

February 21st, 2012 under Noticias en Español

Por PILAR PEDERSEN

La historia de la respuesta de nuestra comunidad a la sequía y el hambre en la Sierra Tarahumara es una que vale la pena contar. El otoño pasado fui testigo de primera mano de las marchitadas cosechas y las condiciones que la gente de esas altas montañas se enfrentaba como consecuencia de la actual sequía.

A principios de diciembre, Jim Glendinning y yo pusimos una pequeña noticia en este y en otros periódicos locales pidiendo ayuda en forma de contribuciones monetarias. A pesar de la difícil situación económica aquí en casa, la gente de este lado de la frontera miró más allá de la prensa negativa correspondiente a México y extendió la mano para ayudar a sus vecinos.

Los hombres Tarahumara esperando las donaciones de maíz.

We received a tremendous response.Hemos recibido una tremenda respuesta. En poco más de una semana habíamos recolectado cerca de 1,300$, que enviamos a través de una transferencia bancaria al Banco de Alimentos Cuauhtémoc para comprar alimentos básicos y distribuir en una comunidad remota llamada Retosachi. Las donaciones continuaron llegando, y con gratitud informamos a la gente que íbamos a aceptar contribuciones hasta el final del año. Llegaron otros 3.338$ a través de cheques individuales a mi nombre, Pilar Pedersen.

A principios de enero, Dave Hensleigh, operador y guía turístico en México, publicó una petición de ayuda en su página web. En el lapso de 10 días, Dave había recaudado otros 2,200$ que transfirió a mi banco. Un total de 6,832$ fueron aportados por la gente de la Trans Pecos, el este de Texas y hasta estados tan lejanos como Colorado y Oregon para ayudar a la gente de la Sierra.

Esta asombrosa respuesta pedía una acción apropiada por parte nuestra. ¿Cómo se podría utilizar mejor estos fondos para llegar al mayor número de personas? Se lo pregunté a mis amigos mexicanos y también llamé al Consulado de México. Todos respondieron lo mismo: para asegurar que se usara cada dólar para evitar el hambre, teníamos que llevar ese dinero a México, comprar los alimentos y distribuirlos nosotros mismos. Acabamos haciendo precisamente eso.

El domingo, 29 de enero, conduje al sur, llegando a la ciudad de Cuauhtémoc a las 4:30 pm, justo a tiempo para quedar con el pianista Romayne Wheeler en los escalones del edificio municipal (la Presidencia) donde solicitaba ayuda para su comunidad de Retosachi. Había mexicanos, a pie y a través de las ventanas abiertas de sus coches, que entregaba bolsas de comida. Romayne había estado publicitándolo a través de anuncios de radio y entrevistas durante la semana anterior. Él regresará a Cuauhtémoc cada mes con la misma misión: la de salvar a su comunidad adoptada del hambre. Le entregué un sobre que contenía 550$.

Las mujeres Tarahumara con los costales de maíz que les fueron donado.

Gracias al trabajo anterior de mis amigos locales, al día siguiente pude ir al almacén del agricultor menonita Cornelius Wall Giesbrecht y comprar diez toneladas métricas de maíz blanco por 4.644$. Cornelius accedió a embolsarlo en sacos de 40 kg para su recogida la mañana del martes. También compramos media tonelada de sal de mesa (196$). Mientras tanto, la Presidencia del municipio de Batopilas enviaba un camión para transportar nuestra carga por el sinuoso camino de tierra hasta la ciudad del mismo nombre, en el fondo de los cañones.

Batopilas aparece como el segundo municipio más pobre de la República de México. Me enteré gracias a todos mis fuentes que, si bien todas las comunidades de la región estaban sufriendo, Batopilas necesitaba una ayuda adicional. De manera fortuita, tengo buenos contactos en Batopilas. Fue la decisión correcta.

Las legumbres y el maíz forman la base de la dieta tarahumara, pero especialmente el maíz. Debido a que las legumbres son escasas y, por lo tanto, caras, optamos por llegar a la mayoría de la gente con los recursos que teníamos. Un saco de 40 kg de maíz con 2 kg de sal (para dar sabor a las tortillas, el pinole, el atole e incluso el tesguino) mantendría viva a una familia durante un mes. Eso se convirtió en nuestro objetivo. Teníamos 270 sacos.

Nuestra operación funcionó de forma impecable. El camión llegó, se contaron los sacos de maíz y se los cargaron con cuidado. Cornelius incluso donó otros 10 sacos a nuestra causa. Partimos hacia la Sierra. Llegué, por delante de la camioneta, a la ciudad de Batopilas tras oscurecerse. El Presidente Leonel Hernández y sus hombres me estaban esperando en la plaza. Ya no iba a gasta mi dinero propio durante los próximos tres días.

El camión entró pesadamente en la ciudad a la mañana siguiente y se repartió rápidamente la carga en cuatro vehículos más pequeños. Lo que no llevamos se apiló en el almacén oficial en la plaza. Entonces nos fuimos. A pesar de ser una viajera veterana por estas montañas y cañones, no estaba preparada para el viaje que estábamos a punto de realizar. En el transcurso de siete horas, escalamos las paredes del cañón de 5.000 metros de extremo a extremo: comenzando, haciendo una pausa y terminando en la parte inferior. Sólo un conductor experimentado puede llevar un camión por las extremadamente empinadas, estrechas y serpenteantes carreteras que atravesamos. Y sólo un pasajero con nervios de acero accede a sentarse en el asiento del pasajero.

Los hombres del Presidente habían llamado por radio; en cada lugar grupos de menudos tarahumaras de piel curtida vestidos con trajes de brillantes tonos nos estaban esperando. Guacaybo, Plátano, Chapátere, Munérachi, Santa Rita. En cada comunidad la explicación fue la misma: no se trataba de un acto político, sino un acto de preocupación. La gente en el norte había oído hablar de la sequía y el sufrimiento, y muchos habían hecho contribuciones para poder comprar este maíz y esta sal. Y yo, Pilar, había llegado a México para entregarlos y la Presidencia estaba ayudando con el transporte.

Vi cómo cada grupo se aplicó cuidadosamente la asignación de los sacos de maíz a los hogares individuales. Se incluyó a aquellos que no estaban presentes y a las casas con mujeres y niños, pero sin hombres. La misma atención se utilizó para garantizar que ningún grupo de la familia recibiera más de un saco. Se entendió implícitamente que si unos se aprovechaban dos veces significaría que alguien en un lugar más lejano no tendría nada.

Después de la distribución, cada persona, tanto hombres como mujeres, se acercó para estrecharme la mano y darme las gracias. Los tarahumaras, o rarámuri, como prefieren ser llamados, son gente de naturaleza tímida y retraída. Les ha salvado de intrusos en muchas ocasiones. Me atravesaron sus cálidas sonrisas y miradas penetrantes. Es el tesoro que llevo conmigo.

Al día siguiente lo volvimos a cargar de nuevo y distribuimos los restantes 60 sacos de maíz. A la mañana siguiente partí de Batopilas. Durante el largo viaje en coche por el cañón y fuera de la Sierra, tuve mucho tiempo para pensar y reflexionar. Esta misión, de cooperación internacional para ayudar a las personas necesitadas, había sido un éxito. Pero, ¿qué viene después? Los cañones están resecados. Las comunidades más altas ya casi no tienen agua. Si no llega la lluvia los ríos mismos estarán secos antes de mayo.

Decidida a gastar cada centavo donado en Chihuahua, dejé los últimos 160$ con mi amiga de confianza, Olivia, para comprar maíz y legumbres para dar al pianista cuando venga a hacer su vigilia por la comida el próximo mes.

Mi corazón está lleno de gratitud por la gente del norte que donó desde sus corazones, y la diligencia de las personas en México que hicieron que todo esto fuera posible. Aprendí una nueva frase en rarámuri cuando estuve con ellos: “Canilga muchisi, dios y yuga”. Que Dios los bendiga.

Usted puede visitar el sitio web de Dave Hensleigh en: www.authenticcoppercanyon.com.

Donaciones pueden ser enviadas a Pilar Pedersen, P.O. Box 342, Alpine, TX 79831 o llamarla al telefono 432-837-9980.

Traducción de MIRIAM HALPERN CARDONA

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